Kafka, literatura a destiempo

“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”

FRANZ KAFKA, LA METAMORFOSIS

 

Ante la muerte, o la inminencia de ella, Kafka redactó en su testamento el deseo de la destrucción de sus obras. Ignorando el motivo, o no, por el cual no lo hizo en vida, su amigo Max Brod lejos de cumplir el deseo, les dio difusión.

Hay días en la vida en que me pregunto por qué Kafka, un tipo que trabajó durante toda su carrera en una compañía de seguros, dejó algo tan importante para él librado al cumplimiento de otro. La razón es clara, un testamento, como un contrato de seguros, es un contrato de buena fe.

Cuando me pregunto por Kafka pienso instantáneamente en su magistral relato La Metamorfosis. Las razones son claras, Gregorio Samsa, el hombre que se convierte en cucaracha, es el alienado que luego de sufrir la peor de las mutaciones que pudieran ocurrirle a un hombre, solo pensaba en ir al trabajo.

“La Metamorfosis” es la más realista de las obras de la época[1]. Samsa, ante la nueva realidad que se le impone, ni siquiera puede asimilarla. ¿Qué proceso más demostrativo de la alienación puede haber, que negar la propia realidad?. Olvidemos el detalle de la cucaracha. Es un hecho simbólico, lo mismo podría haber sido una rata u otro insecto digno de desprecio. Gregorio es víctima de una vida de oficinismo que lo deshumaniza. Hete ahí el valor del relato. Hete ahí la vigencia del mismo

Ahora por dos minutos imagínense que Kafka hubiera visto su deseo cumplido. Piensen que nunca hubiéramos tenido acceso a un texto de su autoría, qué Max Brod quemaba todo y no dejaba rastro de él en la literatura. ¿Hubiéramos entendido lo que Kafka comprendió mucho antes que nosotros?

La literatura a veces está por lo menos dos siglos adelantada a la época que le toca vivir. Ante la muerte, Kafka entendió precisamente ese hecho como algo trágico. Sintió tal vez que nada aportaría a la historia aquello que no puede comprenderse. Deseó el final de sus textos, les impuso el final que él quiso que tuvieran con la certeza de la incomprensión.

Max Brod en cambio, no entendió nada. Kafka sí. Y con su literatura, hoy sigue habiendo miles de hombres que se convierten en cucarachas cada día. Sin su literatura pasaría exactamente lo mismo.

Pero al menos los que nos resistimos a la conversión, tenemos a Kafka para comprender todo, aunque no sirva de mucho, porque somos pocos. Hacen falta muchos Kafka para que “La Metamorfosis” sea literatura fantástica y nada más

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[1]  Sostuve esta teoría en un curso de ingreso en la universidad en la cual estudio periodismo. La misma fue rechazada de plano por una profesora graduada en letras de la universidad de La Plata. No la culpo, ante la afirmación cualquier persona podría alegar que lo más irreal del mundo es la conversión de un hombre en cucaracha. Lo que no puede aceptarse es que una graduada en letras insista en que el texto es literatura fantástica. A veces tengo la sensación de que repitiendo, algunos se llevan títulos como pizzas de un mostrador, en este caso peor aún: debería devolver el título quien sostiene que Kafka es literatura fantástica

Como la lluvia en el lago: el otro lado del relato

Afiche obra

 

Diez voces. Cinco hablantes, cinco ausentes. Así se configura esta obra de teatro con guión de Erik Leyton (Colombia) y dirección – y actuación – de Doménico Vargas (Colombia).

            Como la lluvia en el lago reconstruye un asesinato desde las voces más ajenas al relato oficial/institucional. Y no sólo desde la representación (es decir, de la posibilidad de la voz) de estos personajes presentes que son ajenos al sistema institucional (lejanos al centro del poder); sino desde el choque y la confrontación.

            Cada escena está configurada a partir de un diálogo entre dos que se construye a partir del par individuo ausente – individuo presente. Respectivamente, los pares son: policía vs. pre-adolescente (interpretada por Alejandra Estrada), periodista vs. vecina (magistralmente construida por Jennifer Bueno), burócratas de la justicia vs. médica y escritora (Daniela Enriquez), abuela (tradición familiar) vs. sicario (Miguel Restrepo) y autoridades celestiales vs. muerto (Doménico Vargas).

            El personaje ausente no necesita decir nada. Representa a las instituciones poderosas cuyo discurso el espectador ya conoce y puede completar (Policía/Medios de Comunicación/Burocracia Estatal/Familia/Religión). Esos discursos se ponen en mute, y los personajes, a partir de estas notables actuaciones, los confrontan, los agrietan, los burlan y ellos mismos se redefinen en esa pelea.

            Las dos escenas finales reúnen a estos outsiders, los ponen a dialogar. Ponen a prueba los modos de vincularse: la violencia, el amor, el asco, lo decible y lo no decible. Pero es la condición de posibilidad de la escritura (la metaficción, el teatro mismo –no revelemos más: ¡vaya a ver la obra!) la que crea ese nuevo espaciotiempo, esa instancia de diálogo.

            Esa es, para nosotros, la apuesta de la obra: la posibilidad del teatro, tangeando lo humano, con una clara consciencia de autoinscripción latinoamericana, apuntando al cambio.

Última Función (por ahora), Jueves 23, 21 hs, casa hawaii (Almagro)