El último fulgor del aura: foto grafías de Luisa Peluffo

“acerca de foto grafías

cuando escribía estos poemas los fui viendo como instantáneas como fotos tomadas con palabras mis poemas nacen escritos a mano mi trazo avanza torpe desmañado como grafismo adquiere intensidad desde lo puramente visual es casi un ideograma un código que hay que traducir tal vez me representa más que lo que escribo tal vez sucede que he encontrado el verdadero poema”

luisa peluffo, foto grafías (2014).

foto grafías, de Luisa Peluffo, editado por Gárgola (2014)
foto grafías, de Luisa Peluffo, editado por Gárgola (2014)

Dice Walter Benjamin: “El culto del recuerdo de los seres queridos, ausentes o difuntos, le ofrece al sentido ritual de la obra de arte un último refugio. En la expresión fugitiva de un rostro humano en antiguas fotografías, el aura parece lanzar un último fulgor”.

Para recordarlo brevemente, el aura benjaminiana es el “aquí y ahora” de una obra de arte, su irrepetibilidad en el tiempo y en el espacio. Lo aurático, por eso, tiene una cuota de nostalgia, sobre todo para nosotros, hermanos menores de la generación X, acostumbrados por la prepotencia de la producción masiva a la reproductibilidad de las obras de arte que nos permite tener un Da Vinci (imitación, claro) colgado en la cocina.

Luisa Peluffo, sin embargo, se las ingenia para preservar algo de esa aura en sus poemas. Efectivamente, leer sus foto grafías se asemeja mucho a agarrar un álbum viejo de fotos de una persona desconocida y ver a los aquís y ahoras de cada retrato intentar recrearse a pesar del desfasaje entre las temporalidades del que mira la fotografía y del que es fotografiado. Así, íntimos, mínimos, los poemas se van siguiendo uno tras otro como un rollo Polaroid (o, para ser más modernos, como un perfil de Instagram de algún contacto anónimo).

A propósito de la temporalidad, aquélla es sin dudas una constante en este compendio de poemas, reunidos en siete partes (“fotogramas”, “autorretratos”, “instantáneas”, “registro”, “retratos”, “postales” y “veladas”), donde el paso del tiempo no sólo es tema sino también forma (y la forma es sumamente importante para Peluffo), ya que cada poema editado viene acompañado de su manuscrito. Éste, no obstante, no siempre coincide con su versión “final”, tipeada en el rigor de la computadora, de tal manera que, a través de esa diferencia (entre modelo y retrato), las palabras parecen adquirir cierta autonomía y cobrar vida. Y, como es sabido, todo lo que vive, cambia y muta. Y, sí, también, muere.

Es entonces en ese peligro de desaparecer, en esa inestabilidad de las grafías, que se juega lo más valioso de esta antología. Sutil y breve, la poesía de Peluffo amenaza constantemente con desvanecerse en la tinta de la que fue tomada como amenaza con irse el momento que sorprende al fotógrafo con la cámara desarmada. El resultado es un collage veloz de gestos, anécdotas, sucesos y diálogos que traman un cielo lleno de nubes a punto de ser sopladas por algún viento y cambiar para siempre. Y es que, al fin y al cabo, en palabras de la misma Peluffo: “mirar viejas fotografías / es nadar contracorriente”.

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El Refugiado, una de suspenso… social

cartelera el refugiado

En cartelera

Desde que vi el cartel de la bellísima Julieta Díaz en otro estreno conté los días por ir a verlo. Entre medio aproveché para googlear toda la info sobre la obra de Lerman, que en breve estaremos comentando pero verán por su cuenta que es más que interesante. Cuando llego a la boletería del cine un hombre buscando decidir qué ver me pregunta: -¿Vas a ver “El Refugiado” de qué trata? – Yo muy feliz de poder responder porque ya había visto la entrevista a Diego Lerman,  casi textualmente le digo “Es una película de Lerman  sobre violencia doméstica, de género, los protagonistas escapan de un golpeador…” Ni llegué a decir que actuaba Julieta Díaz y el señor algo entrado en años pero no mucho en luces acota:  “Ah no, yo eso no lo veo”. La pobreza del comentario sólo me hizo recordar la riqueza de las palabras  del director en la entrevista:

Tratando de ocultar mi absoluto desprecio por el comentario, que- con perdón de los lectores- podría ser un lector errante de nuestro blog, me fui de la boletería un tanto fastidiada y decidí presentar la película de la siguiente forma:

Redefiniciones…

Hay gente que necesita un apocalipsis, zombies, aliens, epidemias, guerras mundiales, terroristas y dos o tres minitas que estén buenas rescatadas por un metrosexual armado hasta las partes íntimas y subido a una nave espacial para soportar 45 minutos de suspenso y sentir su reencuentro con lo humano. Bueno, “El refugiado” es una película de suspenso un tanto menos fetichista y bastante más humana. Pone en escena el apocalipsis cotidiano de una mujer y su hijo en el momento en que empiezan a escapar de la violencia ejercida por el esposo de Laura (Julieta Díaz) y padre de Martin (Sebastián Molinaro), en otras palabras escapan de la muerte. Este efecto de la fuga y el suspenso que recorre toda la película es un cruce atractivo que explora las posibilidades del drama social.

El enemigo

 El agente patógeno que amenaza a la humanidad, en este caso, es la violencia de género, pero a diferencia de las películas de suspenso tradicionales en las que los superhombres hollywoodenses inventan vacunas mirando una pantalla de la NASA, la protagonista actúa bajo las contradicciones y dificultades que sólo puede entender quien alguna vez vivió de cerca alguna forma de violencia doméstica. La película intenta acercarnos a esta perspectiva centrándose en la experiencia de Martín, quien debe abandonar su casa y a su padre con el enigma que en algún momento de la película logra poner en palabras “¿Si la querés, por qué la lastimás?”

 

En Pantalla

Da gusto ver películas nacionales con este nivel de fotografía, una de las escenas finales de Martín caminando al borde del río es sencillamente, internacionalmente, humanamente, hermosa. La geografía recorre la ciudad en un movimiento de escape: el edificio, la autopista, los hoteles, el tren, el delta…  La elección del Tigre como punto de fuga de la película es también digna  de recordar, allí es donde Lerman vivió un exilio interno con sus padres durante la dictadura. La autobiografía y la anécdota (la violencia de género surge como tópico a partir de una experiencia directa que impresionó a Lerman, según cuenta en la entrevista)  parecen ser los puntos de inflexión entre la vida del autor- con ella la de una sociedad- y la producción cinematográfica.

Otras escenas memorables van a quedar seguro la memoria colectiva ya que uno de los mejores logros de la película es sin duda la actuación, esperadamente buena de Julieta Díaz y sorpresivamente  buena del nene Sebastián Molinaro (y agrego la de la nena con la que juega en el hogar antes de sufrir un nuevo desarraigo).

Si algo quizás habría que tener en cuenta antes de entrar a la sala,  es que es una película de escenas extensas, conviene verla con paciencia y sin apuro, porque lo que se va a ver  es de un suspenso tan  desesperante como cualquier forma de violencia sostenida en el tiempo.

Televisión o Cultura: El curioso caso Marcelo Tinelli

En la época actual caracterizada por la imagen y el constante movimiento de estas, la televisión tiene un papel fundamental en la formación de pastillas culturales.

Antes que nada, para cualquier tipo de análisis habría que definir cultura, no desde el espectro habitual, en el cual se intenta dar un poder ilimitado al concepto, ubicándolo en la infinita diversidad de creaciones humanas, sino desde otro punto que incluya más el conflicto que supone el término

Quizás, una definición apropiada para el concepto cultura, puede darse como proceso identitario. Entonces, cultura será todo aquello que constituya un proceso de identificación entre un grupo de personas o una sociedad establecida.

Una vez demarcada la distinción entre lo que llamamos cultura y lo que opera por fuera de ella, se puede empezar a debatir que rol cumple en la construcción cultural la televisión

Es que si la televisión crea procesos identitarios de los pueblos, o los legitima, entonces la distinción a Marcelo Tinelli no sería un equívoco como se pretende señalar, sino un reconocimiento formal a la tarea de años del mencionado conductor.

Pero sí, como defendemos algunos, quizás los menos, la cultura se establece no desde la televisión, sino desde un conjunto social que determina ciertas conductas, creaciones, procesos que exceden ampliamente lo televisivo, y tienen que ver con corrientes de pensamiento y construcciones ideológicas, entonces el reconocimiento es un gran fallido de la política que tomó la determinación.

Reconozco que  la cuestión de la cultura es tan amplia que se transforma en inasible. También acepto como dijo esta semana el filósofo José Pablo Feinmann, que el programa del conductor tiene una función ideológica, que es negadora de los principios que defiendo en esta nota. Pero si se reconoce la función ideológica, entonces también debe reconocerse la fuerza de la cultura en este caso.

No obstante, hay que diferenciar largamente al entretenimiento de la cultura. Y en este punto, el entretenimiento como bien fue escrito por la escuela de Frankfurt, tiene una función ideológica diferenciada de lo cultural.

La televisión, como medio masivo de comunicación tiene el objetivo de formar, legislar y crear valores. La reproducción de estos y la inserción de los mismos como verdaderos es la operación lógica de un discurso que se pretende verdad.

En los últimos días, a raíz del debate del rol de la televisión y de los medios, un grupo de periodistas intentó sostener lo siniestro que les representa la idea que sostiene a la televisión como la responsable del pensamiento de los espectadores.

No se trata de afirmar pues, como se pretende banalizar a la cuestión, que la sociedad es idiota y cree lo que le es impuesto desde los programas que ve o reproduce.

La televisión es un fenómeno masivo que opera en la alienación del sujeto. Por tanto es negadora de la cultura de un pueblo ya que intenta destruir la diversidad de los procesos culturales que la componen, uniformizando valores, legitimizando un mensaje que se codifica en función de un público al cual se lo ve como masa y no admite ningún grado de diferenciación

Para tener éxito en su empresa dentro de un mismo mensaje crea subvalores como los tiene el programa que hace Tinelli:

La emoción

La carencia

El conflicto

Héroes y villanos.

Diversión

La diferenciación no existe porque el mensaje es el mismo para todos, pero contiene tópicos insertos, con los cuales cada persona en su complejidad puede verse identificada.

El trabajo de la televisión entonces es cuestión de repetición. El éxito está asegurado en tanto y en cuanto se instale, y se repita una y otra vez hasta que no sea más que la única opción para el telespectador. Para muestras basta el botón, que significan todas las emisiones en torno al mencionado programa, de la reciente personalidad destacada de la cultura.

La voluntad inducida

Un artículo en Infobae.com sostiene que el programa de Tinelli tiene que ver más con la democracia, que un programa sobre filosofía en el canal estatal, porque el primero tiene que ver con aportes “voluntarios” de la sociedad civil y no con aportes obligatorios de esta traducida en impuestos.

Aún no sé que me resulta más siniestro de la frase anterior, pero voy a explicar los dos grandes fallidos de esa afirmación.

El primer gran error es afirmar que la sociedad civil hace aportes voluntarios al sistema privado de televisión. Nada escapa al gran sistema, y mucho menos la voluntad de las personas.

Párrafos antes se enunció que la televisión opera en la alienación del sujeto creando valores. En el caso de la reproducción por parte de las personas de tal o cual programa, no está operando la voluntad de ellas, sino que está operando una voluntad inducida por un fenómeno masificador.

La filosofía a través de Aristóteles agrega al concepto de voluntad, el conocimiento de la causa que la mueve, la concepción del contexto y el mundo exterior. La realidad en los actos voluntarios, su conocimiento, la comprensión de ella es fundamental para la construcción de los actos que construimos como voluntarios. En este caso, la voluntad no parece estar fundamentada por lo que Aristóteles sostenía como acto voluntario, sino inducida por un medio masificador que codifica un mensaje. Una vez que el discurso está en juego su reproducción social es cuestión de medios de producción.

La voluntad de la sociedad civil es una farsa, una inducción mediática fundamentada en una lógica del mercado.  No hay nada menos democrático que eso, una ideología silenciada y aceptada por las masas sin resistencia alguna. El juego de inclusión/exclusión en los medios es cínico al punto de legitimar lo privado por encima de lo público, la democracia se iguala así a la cultura de lo privatista, a un producto de una industria que genera ganancias. La filosofía va a perdida, entonces debe ser desechada.

Que Tinelli tenga que ver más con la democracia que un programa estatal responde a una definición de democracia que escapa a la cultura, y responde a la economía y a los valores de determinado sistema económico.

El Estado tiene como función garantizar el pluralismo y la diversidad cultural. Actúa como garante de su pueblo, y para equilibrar fuerzas debe dar sostén a discursos por fuera de los dominantes en el sistema televisivo.

Quizás al autor de la nota de Infobae le gustaba más el canal estatal, cuando Gerardo Sofovich y sus programas de humor prefabricado inundaban las pantallas de la televisión pública y los filósofos no ocupaban ningún espacio.

Eso nunca tuvo nada que ver con la democracia. Tampoco con la cultura. No parece que el programa de Tinelli o el personaje mismo tengan que ver con algo de eso, quizás la distinción apropiada hubiese sido, la orden al mérito por el valor de defender la empresa ideológica del espectáculo durante más de 20 años.

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Annabelle: de juguetes malditos y la “realificación” de la ficción (o la ficcionalización de la realidad, no estoy segura).

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Annabelle o ¿a quién se le ocurriría regalarle a alguien una muñeca así?

El pasado fin de semana fui a ver Annabelle, la precuela de la película El conjuro. Para quienes estuvieron dormidos el año pasado, El conjuro fue una película de terror dirigida por James Wan (Saw, Insidious) que tuvo un éxito en la taquilla que todavía está más allá de mi comprensión. Sí, es una película que apunta al suspenso tradicional (y no al gore, signo de los filmes más perezosos del género), y sí, cuenta con muy buenas actuaciones, buenos efectos, buena fotografía y buena cinematografía. Todo sí.

Pero.

La historia está basada en hechos reales (!), a saber, las experiencias paranormales de la familia Perron en su casa de Rhode Island, poseída por la hipotética bruja Bathsheba, y la subsecuente investigación de Ed y Lorraine Warren, especialistas en estas cuestiones. Annabelle, por su parte, también está basada en hechos reales (!!), también vinculados a las investigaciones de los Warren (!!!) en torno a una muñeca poseída por una tal Annabelle Higgins que resulta ser ni más ni menos que el mismísimo Belcebú (o uno de sus subordinados).

Ambas películas, en opinión de quien suscribe, fallan desde el vamos en brindar un argumento novedoso. Desde Chucky que los muñecos malditos se han convertido en motivos trillados. Asimismo, las historias de casas poseídas por fantasmas (buenos, malos, medio malos o medio buenos), demonios, brujas, elfos domésticos y unicornios ya se han contado en casi todas sus variantes. Y sin embargo tanto El conjuro como Annabelle son bien recibidas por la audiencia, a la que más de una vez se le escapa un grito con alguna escena de jump scare.

Sobre el éxito de ciertos subgéneros del terror y una teoría

La pregunta que cabría hacerse es por qué son exitosas estas películas, cuando en el fondo no tienen nada novedoso para ofrecer. Que estén bien filmadas o bien actuadas no parece una razón suficiente como para justificar los millones que recaudan estas películas en taquilla. ¿Buena publicidad, tal vez? ¿Inercia? ¿Apellidos atractivos?

Hacia allá vamos.

Previsiblemente, tengo una teoría (como es de esperarse de una estudiante de las letras). En una reseña anterior hablé del género mockumentary / found footage y propuse pensar el boom de las películas de terror contadas desde una primera persona como un “reflejo” del miedo a la creciente pérdida de la intimidad en la sociedad posmoderna enredada en Facebook, Twitter, Instagram, YouTube, Tumblr, etc. Básicamente, se me ocurrió que en la era del borramiento de la frontera entre lo público y lo privado no es casual que el terror encuentre especial éxito de la mano de películas que tranquilamente podrían haber sido filmadas por uno y subidas (por uno mismo o por terceros) a alguna de las múltiples redes sociales para convertirse en un fenómeno viral. Sin dudas la posibilidad de que el video de las vacaciones con la familia se torne el objeto del escrutinio masivo de los otros debe generar algún tipo de abismamiento, de shock benjaminiano (guiño a la gente Puán), alguna inquietud que se esconde en eso que algunos llaman el inconsciente colectivo y que sale a jugar cuando consumimos películas como Actividad Paranormal. Mi teoría es discutible, pero por el momento a mí me convence y me permite leer el éxito taquillero de este tipo de películas.

Ahora bien, quien haya visto El conjuro o Annabelle dirá: ninguna de estas películas está contada a partir de una primera persona. Desde el punto de vista narratológico (por decirlo finamente), son películas tradicionales, relatadas por una cámara omnisciente. No hay shaky cams, no hay preludios ni advertencias que digan “En 2006, tres jóvenes fueron a acampar a (inserte lugar en el medio de la nada) y nunca regresaron. Sus cámaras fueron encontradas en (inserte otro lugar en el medio de la nada). Esto es lo que filmaron”. Es cierto, pero sí hay una leyenda al comienzo de las dos películas. Dice: “Basada en hechos reales”.

Sobre la ficción y la realidad: hipótesis. 

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La Annabelle real y la Annabelle ficcional: licencias poéticas.

Consecuentemente, no resulta del todo descabellado ver algún factor común entre Annabelle y Actividad paranormal, a saber: ambas, de algún modo u otro, apelan a un vínculo con la dimensión de lo real para atrapar a las audiencias. Aparentemente, la lógica de Hollywood supone que el terror es más terrorífico si encuentra algún anclaje en la realidad, aunque sea cuestionable o dudoso.

Ahora me pregunto: ¿de dónde sale esta necesidad de “realificar” la ficción, de volverla real? ¿Habrá perdido la ficción su poder de impresionar, cuando menos en lo que respecta a los miedos de la gente? De ser así, esto podría interpretarse como un signo de que la realidad finalmente ha superado al arte en materia de imaginar horrores. ¿Será entonces que para nosotros no hay nada más aterrador que nuestra vida cotidiana? Podría ser. Al fin y al cabo, asistimos al fin de un siglo que comenzó con gente andando en carreta y terminó descubriendo el ADN y postulando la existencia de una “partícula de Dios”. A la vez, también asistimos al comienzo de otro siglo que en pocos años puso patas para arriba la separación del ámbito público respecto del ámbito privado e hizo (y hace) posible que una fotografía tomada en Siberia instantáneamente pueda ser vista en Puerto Príncipe en cuestión de segundos.

En todo caso, aun si mi teoría no pasa ninguna prueba o resulta exagerada al achacarle a un género del cine todo un fenómeno social y cultural, es indudable que algo está sucediendo en las relaciones realidad-ficción y esfera pública-esfera privada. Que el cine lo esté registrando en uno de sus géneros más comerciales es más que posible, y que otras artes lo sigan tampoco sería de extrañarse (y si no, pensemos en la literatura y en la proliferación de biografías y autobiografías que hay últimamente). Ahora, para obtener un diagnóstico más exacto será cuestión de esperar a que los grandes apellidos vengan a analizar este tema. Por lo pronto, para el que simplemente quería ir al cine a ver una película entretenida, Annabelle zafa, pero sólo si entre el principio y el desenlace uno se pone a elaborar teorías sociológicas que busquen explicar por qué a una historia trillada con personajes poco creíbles (véase: el marido de la protagonista, que se lleva el premio a la credulidad absoluta) le va tan bien en las cifras de las recaudaciones.

BARS 15- Buenos Aires Rojo Sangre

BARS 15 – Festival Internacional de Cine de Terror, Fantástico y Bizarrobars2014_afiche

Fin de semana de Halloween, zombis y muertos, la fecha parece que aviva los corazones de los más sádicos, morbosos y niños.  Para cualquiera de ellos y para todas aquellas almas sedientas de sangre y muertos de juguete, y/o para los apenas interesados en el cine de terror y/o para los que quieren ir al cine y la oferta en cartelera les huele a geriátrico,  esta semana se lleva a cabo el festival BARS (Buenos Aires Rojo Sangre) que  festeja sus 15 añitos.

Y en qué consiste el festival? Es un concurso  de Largometrajes y Cortos (Nacionales e Internacionales) que compiten por distintos premios, entre ellos una hermosa estatuilla del enano Pombero!  Bueno, en todo festival hay cosas para entendidos y cosas para los nuevos, no desesperar si no entienden bien qué carajo está pasando en la pantalla. El festival se lleva a cabo en el Cine Monumental Lavalle (Lavalle 836) y el precio de la entrada es mínimo.

http://rojosangre.quintadimension.com/2.0/

La propuesta es entusiásmica. A mí, que los zombis me aburren como habrán notado en otros posts, sencillamente me encantó. Tortas sangrientas, stands con pelis del auto llamado “Cine Bizarro”, entrevistas a los creadores de los cortos, productores mezclados con el público, el cine parece una joda y no el recinto monomentálico de siempre donde uno va a sentar el cuerpo dos horas consumir e irse. No, el festival ofrece más y más al público.

Durante toda la semana y a toda hora se proyectan los largometrajes, para esto tienen el programa colgado en la página con la sinopsis de cada uno.   Por otro lado, todos los días de la semana a las 17 hs se dictan distintos talleres de cine de terror, fantástico o bizarro, o de cortometrajes o de cine de autor, o, o ,o!

Pero sin duda la parte más divertida es la competencia de Cortometrajes, donde el público califica todos los cortos con una nota del 1-10. Y así uno sale de la posición de espectador  y se pone  espectante. La crítica activa despierta hipopótamos y uno empieza a prestar a atención a detalles que pasaban desapercibidos. Fotografía, guión, sonido, iluminación y actuación se vuelven esferas vivas. Y a uno le dan el estrado y se pone hijo de puta y lo disfruta.

Así que vayan, disfrútenlo y aprovechen porque pocas veces se pueden ver zombis, muertos y macumbas nacionales y una cantidad enorme de productoras, directores y trabajadores de la industria del cine que el resto del año hay que rastrear por cines under o videos inconseguibles para poder disfrutar. Vale la pena y para hoy, (les levanta el domingo de lluvia embole), tienen una función especial de “El Desierto” de Cristophl Behl a las 20:45.

http://www.eldesiertofilm.com.ar/

Se los re.comiendo.

Sililabia

Dying of the light, Capitalismo Cultural en estado puro

Ante nosotros el hecho cultural: la sala se oscurece y aparece en acción la pantalla. Las imágenes comienzan a sucederse, el juego está en marcha. El efecto sobre la atención del sujeto es instantáneo. Mujeres, niños, hombres permanecen en silencio, inmutables ante la escena.

Automáticamente opera la mano invisible del contrato ficcional, todo lo que sucede en pantalla es verosímil, siempre y cuando se ajuste a ciertas reglas. Si las rompe el juego se termina, el inverosímil reina. El film ha fallado.

¿Pero cuáles son esas reglas? ¿Quiénes las dictan? Mejor aún, cabe preguntarse, ¿quiénes determinan lo real?

El caso de la película Dying of the light protagonizada por Nicolas Cage y dirigida por Paul Schrader, centra el análisis sobre estas cuestiones. Para resumir brevemente, la productora de la película Lionsgate,  se ha apropiado del guión final del film y lo ha editado sin la participación del director.

A su vez, el contrato no permite a los actores y director actuar en descrédito de la película. Esto significa que no pueden realizar ninguna opinión sobre la misma que desestimé sus propias actuaciones o el armado final.

La mano invisible de la realidad es la mano invisible del mercado.

Hace menos de un siglo Walter Benjamin postuló en su ensayo “La obra de arte en la época de su reproductividad técnica”, que el cine tiene un efecto masificador que no opera sobre otras artes. Este efecto se vuelve positivo porque la copia dispara sentidos. El cine entonces puede ser revolucionario.

El filósofo alemán analizó desde la óptica del capitalismo al cine. Vio en él un sistema de reproducción tal cual como se ve el modelo de producción social. Fue más lejos, encontró una lógica que opera sobre las obras de arte: las industrias culturales.

Tal es así que setenta años después de su postulado nadie duda que la cultura funciona como una industria. En el cine, Hollywood opera no como el monopolio del cine, sino como un poder simbólico de dominación. Las películas de su mercado son aquellas con mayor circulación, promoción y por lo tanto con una mayor cantidad de espectadores.

En el caso del film de Schrader se puede observar no ya el problema del original y la copia, sino algo más grave y si se quiere más profundo. El autor de la obra de arte no es el dueño del producto final, sino que se somete a las reglas de producción de quien dispone de los medios para la puesta en mercado y circulación de la misma.

Nunca sabremos sobre el original de esta película. Por contrato nos está vedado acceder a la información, y a los que participaron del film hacer una simple declaración les puede costar una importante demanda. Los dueños de los medios de reproducción y puesta en circulación han marcado las reglas que operan sobre lo verídico.

El efecto masificador así entra en crisis. Peor quizás. Se está utilizando un mensaje manipulado para crear valores artificiales en la audiencia. Hasta podríamos aventurarnos a pensar que los espectadores no son más que receptores de un sistema de emociones prefabricadas para sentirse subsidiarios de una realidad.

Mientras tanto, los actores y el director posan en silencio con remeras que reproducen el contrato que les impide hablar. Es la única vía de protesta que han encontrado ante la rígida mano del mercado que corrige, alecciona y reprime una manifestación artística. Capitalismo cultural en estado puro.

Boicot 3
Nicolas Cage en contra de que vean su film