El último fulgor del aura: foto grafías de Luisa Peluffo

“acerca de foto grafías

cuando escribía estos poemas los fui viendo como instantáneas como fotos tomadas con palabras mis poemas nacen escritos a mano mi trazo avanza torpe desmañado como grafismo adquiere intensidad desde lo puramente visual es casi un ideograma un código que hay que traducir tal vez me representa más que lo que escribo tal vez sucede que he encontrado el verdadero poema”

luisa peluffo, foto grafías (2014).

foto grafías, de Luisa Peluffo, editado por Gárgola (2014)
foto grafías, de Luisa Peluffo, editado por Gárgola (2014)

Dice Walter Benjamin: “El culto del recuerdo de los seres queridos, ausentes o difuntos, le ofrece al sentido ritual de la obra de arte un último refugio. En la expresión fugitiva de un rostro humano en antiguas fotografías, el aura parece lanzar un último fulgor”.

Para recordarlo brevemente, el aura benjaminiana es el “aquí y ahora” de una obra de arte, su irrepetibilidad en el tiempo y en el espacio. Lo aurático, por eso, tiene una cuota de nostalgia, sobre todo para nosotros, hermanos menores de la generación X, acostumbrados por la prepotencia de la producción masiva a la reproductibilidad de las obras de arte que nos permite tener un Da Vinci (imitación, claro) colgado en la cocina.

Luisa Peluffo, sin embargo, se las ingenia para preservar algo de esa aura en sus poemas. Efectivamente, leer sus foto grafías se asemeja mucho a agarrar un álbum viejo de fotos de una persona desconocida y ver a los aquís y ahoras de cada retrato intentar recrearse a pesar del desfasaje entre las temporalidades del que mira la fotografía y del que es fotografiado. Así, íntimos, mínimos, los poemas se van siguiendo uno tras otro como un rollo Polaroid (o, para ser más modernos, como un perfil de Instagram de algún contacto anónimo).

A propósito de la temporalidad, aquélla es sin dudas una constante en este compendio de poemas, reunidos en siete partes (“fotogramas”, “autorretratos”, “instantáneas”, “registro”, “retratos”, “postales” y “veladas”), donde el paso del tiempo no sólo es tema sino también forma (y la forma es sumamente importante para Peluffo), ya que cada poema editado viene acompañado de su manuscrito. Éste, no obstante, no siempre coincide con su versión “final”, tipeada en el rigor de la computadora, de tal manera que, a través de esa diferencia (entre modelo y retrato), las palabras parecen adquirir cierta autonomía y cobrar vida. Y, como es sabido, todo lo que vive, cambia y muta. Y, sí, también, muere.

Es entonces en ese peligro de desaparecer, en esa inestabilidad de las grafías, que se juega lo más valioso de esta antología. Sutil y breve, la poesía de Peluffo amenaza constantemente con desvanecerse en la tinta de la que fue tomada como amenaza con irse el momento que sorprende al fotógrafo con la cámara desarmada. El resultado es un collage veloz de gestos, anécdotas, sucesos y diálogos que traman un cielo lleno de nubes a punto de ser sopladas por algún viento y cambiar para siempre. Y es que, al fin y al cabo, en palabras de la misma Peluffo: “mirar viejas fotografías / es nadar contracorriente”.

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