Todo queda en familia: Genealogía mamushkas, de Marcos Bertorello

TapaGenealogia600x926

Un amigo de mi mamá decía: “La familia es ese grupo de personas unido por la sangre y separado por el dinero”. Siempre me gustó esa frase, más allá del chiste. Me gusta porque en el medio está la idea de que la familia, en última instancia, puede reducirse a un grupo de seres humanos con los que uno está emparentado y nada más. De repente uno puede encontrar una sombra en los ojos del padre, un gesto indescifrable en el hermano, una cadencia irreconocible en la voz de la madre, y así como así lo familiar puede volverse siniestro, en el sentido freudiano, en el sentido de unheimlich, literalmente lo no-hogareño (de heimlich; a su vez de Heim, hogar).

Genealogía mamushkas de Marcos Bertorello explora las relaciones familiares desde ese lugar de perplejidad e inquietud. Los cuentos que integran la compilación son historias de hijos, hermanos y amigos atravesados por un hecho confuso, apenas explicado, más o menos trivial, que cambia todo y a la vez deja todo como está. O por lo menos eso parece. Basta empezar a abrir la mamushka para notar la fragilidad del orden, debajo del cual hay otra mamushka, y otra, y otra, hasta que se llega a la última, la más pequeña, la que ya no se abre. Ese núcleo es impenetrable, elusivo, innombrable. Es el quid de la cuestión, pero Bertorello no se molesta en intentar abrirlo. Es el final del juego, el origen de la genealogía. Más allá no hay nada que decir.

Estilísticamente hablando, como Carver, Bertorello empieza sus relatos con hechos que más tarde resultan ser menores, meras anécdotas. Como Chéjov, deja que los finales se evaporen en el aire del que fueron tomados. Entre uno y otro hay monstruos y crímenes, o tal vez nada de eso. Con una narrativa sencilla, los eventos se van encadenando de manera imprevisible en una trama sutil y progresivamente más compleja donde la sugerencia y la ambigüedad revelan el costado extraño de lo cotidiano a la vez que lo tapan con una nueva mamushka.

Lo que queda, sea lo que sea, finalmente, queda en familia.

 

Disponible para la compra en formato ebook a través de la editorial Outsider: http://www.eloutsider.org/

Rata Paseandera Blues de Ramón Pereira: una literatura, riffs y aplausos

Había una vez en el bar a las dos de la mañana.

Estos relatos (archisuperhiperrecomendables) sobre la escena blusera marcan en conjunto una aparente “perversión” de la historia. ¡No se asuste! Lo que quiero decir es que los relatos son en un punto reescritura: parecen, por momentos, distintas versiones de la misma historia. Una mejor que la otra. Y a su vez, esa repetición es irrumpida por una especificidad y particularidad que distingue a los relatos entre sí.

 

Música, cine, humor, lenguaje y bestias

La serie de reversiones de esta escena nocturna marcan el aquí y ahora de la música, acompañados por un caudal del imaginario del cine: western, King Kong (yo me atrevo a decir Kill Bill, y Las Tortugas Ninjas) muy sutil, muy bien trabajado. Es la impresión letra -la música (“el fraseo”)- lo que amalgama todo esto: “Confieso que no sé lo que me pasó: tal vez el miedo me había paralizado, o creo que me vino a la mente lo leído o lo visto en el cine sobre que a las bestias hay que conquistarlas con música” (Pereira, 2014:25)

El lenguaje es extraño, pero no ajeno, un dialecto propio del contexto narrativo: “Saqué mi chequera, garrapatieé lo necesario y lo entregué a los tipos” (28). Un lenguaje que no deja de estar acompañado por un humor intrínseco muchas veces logrado en el guiño de la repetición.

El otro elemento que amalgama estos relatos -tan distintos, tan parecidos- es el despliegue de un pequeño bestiario blues: ratas, gatos, garrapatas, cucarachas, elefantes, bestias, caimanes, gorilas, monos, pescados, llamas.

 

Micro-metaliteratura

Finalmente, otro rasgo que da cuenta de este bestiario blues es la autoconsciencia literaria que manejan los relatos. En primer lugar, es notable el juego entre música y palabra: la música brota de la historia, se materializa, el texto la pone en palabras. En tanto se es consciente de esa relación, se es consciente de lo metaliterario: la literatura hablando de literatura. En segundo lugar, el relato que da título al conjunto (aunque aparece esbozado en otros también) marca la relación arte – crítica. Por momentos es burlada, por momentos es necesaria para dar sentido (aunque este sea absurdo, lo construye). Se juega con el plagio, con los críticos (llegan a ser personajes), con el público. Hay un punto donde ya no se distingue entre escena, música, literatura y performance (lector, metete vos también en este “lío” que está buenísimo). Claramente la palabra es materia, y estas escenas juegan con ella.

 

¿Dónde? ¿Cómo? ¡¿Qué?!

Pereira, Ramón. Rata paseandera blues.

cover

La edición es de autor y el libro se consigue en formato e-book en http://limaestudio.mercadoshops.com.ar/. Así que, anímese al e-book, señor@!!!

Eliana Galanda