A plena vista: grafitis de Buenos Aires

I

Cuando era chica encontré un libro colorido, de título El ojo mágico, en la biblioteca de mi casa. Mientras yo miraba los colores brillantes y las formas psicodélicas de una página cualquiera, mi papá se acercó y dijo algo así como “es la estatua de la libertad”. Yo me reí, porque ahí no había nada que ver. La página era un hormigueo de manchas que podían parecerse a algo, quizás incluso (con un poco de imaginación) a la estatua de la libertad, pero la imagen en sí no era la estatua de la libertad. Era una abstracción. Entonces mi papá tomó el libro de mis manos, miró la página un segundo e insistió: “relajá la vista y vas a ver el dibujo, es la estatua de la libertad”.

Después de un rato largo de intentos fallidos la vi. Era cierto. Si ajustaba la mirada, concretamente si dejaba de enfocarme en las manchas y trataba de mirar un punto lejos del libro como queriendo atravesarlo, las manchas se empezaban a mover. Rebelándose ante la falta de atención del ojo ahora interesado en cualquier cosa menos en ellas, las manchas se superponían y separaban alternativamente hasta resultar en la estatua de la libertad.

II

SAPS Collage 3

Es difícil amansar a un sentido acostumbrado a los límites, entrenado para calcular distancias, alturas y profundidades. Efectivamente, un sentido que determina el fin de un objeto y el comienzo de otro, un sentido que da forma a muchos aspectos de la realidad física que nos rodea, no renuncia a las estructuras que lo rigen. El ojo es un gran tirano.

III

SAPS Collage 1

En cuanto empecé a ver el patrón hace algunos meses, la anécdota de El ojo mágico me vino a la mente. No sé cómo o por qué, pero mi mirada (tal vez aburrida o saturada de publicidades poco originales) de repente comenzó a querer trascender la obviedad de la geometría urbana, la pornográfica proliferación de sus marquesinas y megacarteles. Rebelándose como las manchas contra la indiferencia del ojo, la ciudad me devolvió su diseño oculto. Esta vez, sin embargo, fueron palabras. A veces “SAPS”, otras “B2” o “031”, otras “MA1P Gang”. En distintos estilos, algunas veces coloreadas, otras veces pintadas al pasar con aerosol negro, su insistencia en las paredes de casas, cortinas de negocios e incluso techos de edificios relativamente altos era innegable. Sobre avenida Rivadavia, desde Almagro hasta Flores. En avenida Córdoba, desde Palermo hasta Once. Como sucede cuando uno finalmente logra ver la imagen en El ojo mágico, comenzó a resultarme imposible no ver esas palabras repitiéndose una y otra vez en el entramado de Buenos Aires.

IV

MA1P Collage

La gente pasa por al lado, arriba, abajo, derecha e izquierda de estas palabras grafiteadas diariamente pero no las registra. Las acepta como parte natural del paisaje.
Yo siempre tuve una debilidad por el secreto a lo Poe, por lo que se oculta a plena vista. La explicación prosaica de “es alguien con mucho tiempo libre” no me satisfacía, aunque fuera probable. Quise creer que eran más que palabras. Quise creer que eran mensajes. Si alguien estaba llamando, yo iba a atender.  

V

SAPS Collage 4

Durante semanas me calcé las zapatillas, cargué la cámara, y pateé las calles porteñas buscando a SAPS, B2, 031 y MA1P por las paredes. ¿Me esperaría una Sociedad Argentina de Poetas Socialistas? ¿Una filial del South African Police Service? Me gasté las suelas yendo a sacar fotos por los cien barrios de la Santa María dos veces fundada. La omnipresencia de los caracteres se tornó tan visible que costaba creer que nadie supiera de dónde habían salido, ni qué significaban, ni por qué estaban ahí, ni quién los había escrito.

Y sin embargo, parecía que así era.

VI

Si no se ha dicho antes, lo diré yo: Google mató a Sherlock. Finalmente, el gigante resolvió el problema por mí. No había recurrido antes a él precisamente por eso, porque temía la solución brusca y concisa (o decepcionante) del pequeño enigma de los intersticios de Buenos Aires.

Un artículo de la revista BRANDO explica todo. SAPS viene de Sapiens, y se trata de una crew de grafiteros “vandals” que juegan con los límites del arte y la legalidad. Desafían, como El ojo mágico, a la mirada cansada del acostumbramiento. Irrumpen en el espacio con alguna frase (“Live fast, die last” es una que encontré en Flores) o simplemente inscribiendo su nombre. Después, desaparecen con la noche y la adrenalina a cuestas. B2 refiere a Bastardos, una ex crew de vandals que ahora se dedica al hip hop. 031 es otra crew, aparentemente vinculada con SAPS y B2 en cuanto sus diseños suelen aparecer juntos. MA1P continúa siendo una incógnita, incluso para Google. Lejos de inquietarme, me resulta reconfortante. Aunque es de suponer que sea un grupo de grafiteros similar a los otros, que Internet lo desconozca lo hace conservar algo de su clandestinidad original.

Hay, entonces, alguna esperanza para los Sherlocks posmodernos.

VII

Así que misterio resuelto. O casi, porque todavía quedan algunas cuestiones pendientes. Ante todo, claro, el asunto del vandalismo. ¿Arte o delito menor? Los dueños de casa o de negocio tendrán algo que decir al respecto. A la vez, si arte es provocar, transgredir y trascender, es posible entonces que SAPS, B2, 031 y MA1P estén haciendo arte, o cuando menos estén planteando una discusión sobre qué es el arte, como cuando el MALBA nos ofrece un lienzo negro “Sin título” o un muñeco de plástico intervenido con vello púbico.

Pero hay más. Estos grafitis introducen algo distinto en la taquicardia de la ciudad que palpita su presto sin esperar a nadie. A diferencia de los murales por encargo que cuentan con el aval de la ciudad, estos grafitis hechos al pasar abren, paradójicamente, un tempo nuevo. Se trata del ritmo largo de los muros que todavía pueden resistir la cadencia desenfrenada del 9 a 17. Un gesto desesperado por importar, por permanecer. Un manotazo de ahogado que busca salir a la superficie para respirar como se pueda y volver a hundirse.

Como reductos de comunidades que se niegan a ser fagocitadas por la metrópolis, más allá del bien y del mal, su noción tiene, hipotéticamente, algún valor simbólico si no estético. Comunican más de lo que dicen, pero sólo si se los mira con los ojos fijos en lo lejano, como si se quisiera atravesar la constricción de los edificios, los carteles, las persianas, las columnas y los techos de un vistazo. Sólo así salen a la luz los patrones que se repiten insistentemente por Buenos Aires. Sólo así se vuelve legible el mensaje.

Aquí estuvimos.

Nada más.

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“It follows”: terror vintage del bueno

It-Follows (1)

It follows es una película que, con una estética similar a la de los slashers de los 80, es realmente de terror. Entiéndase por esto último no el display pornográfico de sangre y entraña y cuerpos sino las cosquillas en esa parte de la mente donde viven los instintos y los miedos primitivos que ni pueden describirse ni decirse con demasiadas palabras. Es el terror del it, del es, del ello.

Hay una clara asociación de sexualidad y muerte. Y cuándo no, pero he aquí la originalidad: el it sigue a quienes tienen sexo en el asiento trasero del auto, a quienes presumiblemente llevan una vida sexual descuidada, antihigiénica. Por las dudas, it hace algo así como post-profilaxis (si se quiere), y a esta idea de sanidad contribuye que it adopta la forma de hombres o mujeres generalmente vestidos de blanco (aunque no exclusivamente). ¿Son los ginecólogos, las enfermeras, los obstetras que aparecen en cuanto la virgen se abre de piernas? Tal vez no, pero podrían serlo, porque it nunca acaba de definir su forma. Lo único que permanece en su infinita mutabilidad es que te sigue y te mata. Lo demás es especulación. O sea, terror del bueno.

Maika Monroe and Jake Weary in It Follows

Entre sus víctimas, it elige a adolescentes con vestigios de niño en sus caras de luna, con cráteres de acné y dientes de leche. It los transforma y ellos ya no pueden ver las hamacas y los árboles de la plaza de la misma manera. Por su parte, no todos ven a it. Sólo quienes lo padecen o padecieron entienden el miedo, la ansiedad. También, la soledad, sobre todo en un mundo suburbano de padres ausentes (o casi). En ese contexto hay un lazo entre coetáneos que desafía la indiferencia adulta con gestos de sacrificio, amistad y compasión inesperados para la generación que vio Mean Girls  en el cine. It los reúne en una comunidad donde se entraman relaciones afectivas verdaderas en contraposición con la promiscuidad del hooking up casual en moteles con luces de neón a la que ya nos ha acostumbrado la hipersexualización mediática.

¿Es it un herpes aleccionador que viene a castigar a los que no tuvieron “la charla” con sus padres, como interpretan los comentaristas de la web? Es una lectura habilitada, pero tal vez sea preferible ver a It follows como una puesta en escena del angst de los kids que no están alright y se hallan a sí mismos lidiando con sus cuerpos cambiantes, como pequeños Jekylls y Hydes, a espaldas de padres que nunca están.

“Terremoto”: El arte de la catástrofe organizada

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Película con The Rock. Sueño del imperio con su propia destrucción. Simulacro de las ruinas del tío Sam y despliegue del caos disciplinado. La anarquía planificada respeta las normas de convivencia sagradas: quienes roban atentan contra la propiedad y mueren en el anonimato sin siquiera pasar por los músculos de The Rock. Mueren por obra de la naturaleza desbordada. Selección biológica del capitalismo devenido naturaleza furiosa.
La sociedad mantiene la calma. La gente se ayuda. Más aun: se detiene a ayudar aunque nunca lo haga en situaciones menos extraordinarias. La reacción impulsiva (la huida, la preservación del propio pellejo) es castigada con una muerte sin gloria. Hasta los saqueadores saben morir mejor. Y es que el saqueador actúa fuera de la ley, pero ella lo prevé. Actúa a sabiendas, y con método. El impulsivo, en cambio, se abandona al desorden. Él es la verdadera amenaza porque es imprevisible.
Verdadero sueño masturbatorio de Foucault contemplando la puesta en escena de todos los dispositivos de control internalizados operando 20/20. El ciudadano promedio es un gran militar preparado para todo.
¿Y después qué? Reconstruimos. Perfil dramático de The Rock ante las olas que han devorado a San Francisco. Las 50 estrellas titilan de fervor patriótico en primerísimo primer plano. Una ciudad desaparece pero nadie habla de muertos. Las tragedias sólo dejan sobrevivientes. Los rascacielos han caído pero no hay nada que reconstruir. La sociedad estadounidense ha pasado la prueba. En el fin del mundo todos prestan su pledge of allegiance para asegurarse de que el imperio sobreviva, porque your random citizen es un imperio aguardando la orden para inocular y alojarse en el nuevo huésped. Es tan imperio que se siente cómodo riéndose de su pasado como colonia. Los british no pueden superar la habilidad de The Rock y su familia. La colonia se burla del colonizador mostrando cuánto ha crecido desde 1776. Fuck your Queen, mate.
Nunca una catástrofe fue más glamorosa, nunca un gato cayó mejor parado. Estados Unidos no ha asistido a un acontecimiento artístico de esta magnitud desde el 9/11. Conmovedora estetización de la política. God bless America.

Todo queda en familia: Genealogía mamushkas, de Marcos Bertorello

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Un amigo de mi mamá decía: “La familia es ese grupo de personas unido por la sangre y separado por el dinero”. Siempre me gustó esa frase, más allá del chiste. Me gusta porque en el medio está la idea de que la familia, en última instancia, puede reducirse a un grupo de seres humanos con los que uno está emparentado y nada más. De repente uno puede encontrar una sombra en los ojos del padre, un gesto indescifrable en el hermano, una cadencia irreconocible en la voz de la madre, y así como así lo familiar puede volverse siniestro, en el sentido freudiano, en el sentido de unheimlich, literalmente lo no-hogareño (de heimlich; a su vez de Heim, hogar).

Genealogía mamushkas de Marcos Bertorello explora las relaciones familiares desde ese lugar de perplejidad e inquietud. Los cuentos que integran la compilación son historias de hijos, hermanos y amigos atravesados por un hecho confuso, apenas explicado, más o menos trivial, que cambia todo y a la vez deja todo como está. O por lo menos eso parece. Basta empezar a abrir la mamushka para notar la fragilidad del orden, debajo del cual hay otra mamushka, y otra, y otra, hasta que se llega a la última, la más pequeña, la que ya no se abre. Ese núcleo es impenetrable, elusivo, innombrable. Es el quid de la cuestión, pero Bertorello no se molesta en intentar abrirlo. Es el final del juego, el origen de la genealogía. Más allá no hay nada que decir.

Estilísticamente hablando, como Carver, Bertorello empieza sus relatos con hechos que más tarde resultan ser menores, meras anécdotas. Como Chéjov, deja que los finales se evaporen en el aire del que fueron tomados. Entre uno y otro hay monstruos y crímenes, o tal vez nada de eso. Con una narrativa sencilla, los eventos se van encadenando de manera imprevisible en una trama sutil y progresivamente más compleja donde la sugerencia y la ambigüedad revelan el costado extraño de lo cotidiano a la vez que lo tapan con una nueva mamushka.

Lo que queda, sea lo que sea, finalmente, queda en familia.

 

Disponible para la compra en formato ebook a través de la editorial Outsider: http://www.eloutsider.org/

El último fulgor del aura: foto grafías de Luisa Peluffo

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cuando escribía estos poemas los fui viendo como instantáneas como fotos tomadas con palabras mis poemas nacen escritos a mano mi trazo avanza torpe desmañado como grafismo adquiere intensidad desde lo puramente visual es casi un ideograma un código que hay que traducir tal vez me representa más que lo que escribo tal vez sucede que he encontrado el verdadero poema”

luisa peluffo, foto grafías (2014).

foto grafías, de Luisa Peluffo, editado por Gárgola (2014)
foto grafías, de Luisa Peluffo, editado por Gárgola (2014)

Dice Walter Benjamin: “El culto del recuerdo de los seres queridos, ausentes o difuntos, le ofrece al sentido ritual de la obra de arte un último refugio. En la expresión fugitiva de un rostro humano en antiguas fotografías, el aura parece lanzar un último fulgor”.

Para recordarlo brevemente, el aura benjaminiana es el “aquí y ahora” de una obra de arte, su irrepetibilidad en el tiempo y en el espacio. Lo aurático, por eso, tiene una cuota de nostalgia, sobre todo para nosotros, hermanos menores de la generación X, acostumbrados por la prepotencia de la producción masiva a la reproductibilidad de las obras de arte que nos permite tener un Da Vinci (imitación, claro) colgado en la cocina.

Luisa Peluffo, sin embargo, se las ingenia para preservar algo de esa aura en sus poemas. Efectivamente, leer sus foto grafías se asemeja mucho a agarrar un álbum viejo de fotos de una persona desconocida y ver a los aquís y ahoras de cada retrato intentar recrearse a pesar del desfasaje entre las temporalidades del que mira la fotografía y del que es fotografiado. Así, íntimos, mínimos, los poemas se van siguiendo uno tras otro como un rollo Polaroid (o, para ser más modernos, como un perfil de Instagram de algún contacto anónimo).

A propósito de la temporalidad, aquélla es sin dudas una constante en este compendio de poemas, reunidos en siete partes (“fotogramas”, “autorretratos”, “instantáneas”, “registro”, “retratos”, “postales” y “veladas”), donde el paso del tiempo no sólo es tema sino también forma (y la forma es sumamente importante para Peluffo), ya que cada poema editado viene acompañado de su manuscrito. Éste, no obstante, no siempre coincide con su versión “final”, tipeada en el rigor de la computadora, de tal manera que, a través de esa diferencia (entre modelo y retrato), las palabras parecen adquirir cierta autonomía y cobrar vida. Y, como es sabido, todo lo que vive, cambia y muta. Y, sí, también, muere.

Es entonces en ese peligro de desaparecer, en esa inestabilidad de las grafías, que se juega lo más valioso de esta antología. Sutil y breve, la poesía de Peluffo amenaza constantemente con desvanecerse en la tinta de la que fue tomada como amenaza con irse el momento que sorprende al fotógrafo con la cámara desarmada. El resultado es un collage veloz de gestos, anécdotas, sucesos y diálogos que traman un cielo lleno de nubes a punto de ser sopladas por algún viento y cambiar para siempre. Y es que, al fin y al cabo, en palabras de la misma Peluffo: “mirar viejas fotografías / es nadar contracorriente”.

Annabelle: de juguetes malditos y la “realificación” de la ficción (o la ficcionalización de la realidad, no estoy segura).

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Annabelle o ¿a quién se le ocurriría regalarle a alguien una muñeca así?

El pasado fin de semana fui a ver Annabelle, la precuela de la película El conjuro. Para quienes estuvieron dormidos el año pasado, El conjuro fue una película de terror dirigida por James Wan (Saw, Insidious) que tuvo un éxito en la taquilla que todavía está más allá de mi comprensión. Sí, es una película que apunta al suspenso tradicional (y no al gore, signo de los filmes más perezosos del género), y sí, cuenta con muy buenas actuaciones, buenos efectos, buena fotografía y buena cinematografía. Todo sí.

Pero.

La historia está basada en hechos reales (!), a saber, las experiencias paranormales de la familia Perron en su casa de Rhode Island, poseída por la hipotética bruja Bathsheba, y la subsecuente investigación de Ed y Lorraine Warren, especialistas en estas cuestiones. Annabelle, por su parte, también está basada en hechos reales (!!), también vinculados a las investigaciones de los Warren (!!!) en torno a una muñeca poseída por una tal Annabelle Higgins que resulta ser ni más ni menos que el mismísimo Belcebú (o uno de sus subordinados).

Ambas películas, en opinión de quien suscribe, fallan desde el vamos en brindar un argumento novedoso. Desde Chucky que los muñecos malditos se han convertido en motivos trillados. Asimismo, las historias de casas poseídas por fantasmas (buenos, malos, medio malos o medio buenos), demonios, brujas, elfos domésticos y unicornios ya se han contado en casi todas sus variantes. Y sin embargo tanto El conjuro como Annabelle son bien recibidas por la audiencia, a la que más de una vez se le escapa un grito con alguna escena de jump scare.

Sobre el éxito de ciertos subgéneros del terror y una teoría

La pregunta que cabría hacerse es por qué son exitosas estas películas, cuando en el fondo no tienen nada novedoso para ofrecer. Que estén bien filmadas o bien actuadas no parece una razón suficiente como para justificar los millones que recaudan estas películas en taquilla. ¿Buena publicidad, tal vez? ¿Inercia? ¿Apellidos atractivos?

Hacia allá vamos.

Previsiblemente, tengo una teoría (como es de esperarse de una estudiante de las letras). En una reseña anterior hablé del género mockumentary / found footage y propuse pensar el boom de las películas de terror contadas desde una primera persona como un “reflejo” del miedo a la creciente pérdida de la intimidad en la sociedad posmoderna enredada en Facebook, Twitter, Instagram, YouTube, Tumblr, etc. Básicamente, se me ocurrió que en la era del borramiento de la frontera entre lo público y lo privado no es casual que el terror encuentre especial éxito de la mano de películas que tranquilamente podrían haber sido filmadas por uno y subidas (por uno mismo o por terceros) a alguna de las múltiples redes sociales para convertirse en un fenómeno viral. Sin dudas la posibilidad de que el video de las vacaciones con la familia se torne el objeto del escrutinio masivo de los otros debe generar algún tipo de abismamiento, de shock benjaminiano (guiño a la gente Puán), alguna inquietud que se esconde en eso que algunos llaman el inconsciente colectivo y que sale a jugar cuando consumimos películas como Actividad Paranormal. Mi teoría es discutible, pero por el momento a mí me convence y me permite leer el éxito taquillero de este tipo de películas.

Ahora bien, quien haya visto El conjuro o Annabelle dirá: ninguna de estas películas está contada a partir de una primera persona. Desde el punto de vista narratológico (por decirlo finamente), son películas tradicionales, relatadas por una cámara omnisciente. No hay shaky cams, no hay preludios ni advertencias que digan “En 2006, tres jóvenes fueron a acampar a (inserte lugar en el medio de la nada) y nunca regresaron. Sus cámaras fueron encontradas en (inserte otro lugar en el medio de la nada). Esto es lo que filmaron”. Es cierto, pero sí hay una leyenda al comienzo de las dos películas. Dice: “Basada en hechos reales”.

Sobre la ficción y la realidad: hipótesis. 

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La Annabelle real y la Annabelle ficcional: licencias poéticas.

Consecuentemente, no resulta del todo descabellado ver algún factor común entre Annabelle y Actividad paranormal, a saber: ambas, de algún modo u otro, apelan a un vínculo con la dimensión de lo real para atrapar a las audiencias. Aparentemente, la lógica de Hollywood supone que el terror es más terrorífico si encuentra algún anclaje en la realidad, aunque sea cuestionable o dudoso.

Ahora me pregunto: ¿de dónde sale esta necesidad de “realificar” la ficción, de volverla real? ¿Habrá perdido la ficción su poder de impresionar, cuando menos en lo que respecta a los miedos de la gente? De ser así, esto podría interpretarse como un signo de que la realidad finalmente ha superado al arte en materia de imaginar horrores. ¿Será entonces que para nosotros no hay nada más aterrador que nuestra vida cotidiana? Podría ser. Al fin y al cabo, asistimos al fin de un siglo que comenzó con gente andando en carreta y terminó descubriendo el ADN y postulando la existencia de una “partícula de Dios”. A la vez, también asistimos al comienzo de otro siglo que en pocos años puso patas para arriba la separación del ámbito público respecto del ámbito privado e hizo (y hace) posible que una fotografía tomada en Siberia instantáneamente pueda ser vista en Puerto Príncipe en cuestión de segundos.

En todo caso, aun si mi teoría no pasa ninguna prueba o resulta exagerada al achacarle a un género del cine todo un fenómeno social y cultural, es indudable que algo está sucediendo en las relaciones realidad-ficción y esfera pública-esfera privada. Que el cine lo esté registrando en uno de sus géneros más comerciales es más que posible, y que otras artes lo sigan tampoco sería de extrañarse (y si no, pensemos en la literatura y en la proliferación de biografías y autobiografías que hay últimamente). Ahora, para obtener un diagnóstico más exacto será cuestión de esperar a que los grandes apellidos vengan a analizar este tema. Por lo pronto, para el que simplemente quería ir al cine a ver una película entretenida, Annabelle zafa, pero sólo si entre el principio y el desenlace uno se pone a elaborar teorías sociológicas que busquen explicar por qué a una historia trillada con personajes poco creíbles (véase: el marido de la protagonista, que se lleva el premio a la credulidad absoluta) le va tan bien en las cifras de las recaudaciones.