Pariendo nuevos cuerpos literarios

Pariendo nuevos cuerpos literarios

La recorporización de la identidad en Mi madre favorita tiene bíceps de Lilian Laura Ivachow.

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El libro de cuentos de Lilian Laura Ivachow llegó a mis manos haciendo trampa. Mi hermana y yo estábamos paseando un día de mucho frío en una feria de editoriales independientes. Pasamos ante el stand de Ediciones La Mariposa y La Iguana, y sabíamos que eso era todo lo que teníamos que ver. Vi que mi hermana había preseleccionado un libro de tapa violeta con un cuerpo de mujer ilustrado (incrustado) en el medio. En ese momento, me di cuenta de que tenía que hacer algo. Astutamente, lo descarté de su pila, la convencí de que se lleve otro, y en un arrebato, en su distracción, lo compré yo. Más tarde, cuando lo leí me di cuenta de que yo tenía que arrebatar al libro, porque el libro un poco me arrebató a mí.

Es que en Mi madre favorita tiene bíceps, se dan a luz nuevas configuraciones del cuerpo acompañadas por nuevos nacimientos de la identidad. Los relatos tienen protagonistas que lidian con asumir quienes verdaderamente son; hay arrebatos de lo que eran hacia algo que deben ser.

El relato más llamativo, aquel que le da título al libro, es donde más se pone en juego esta idea de cuerpo-identidad. La protagonista/narradora atraviesa un nuevo modo de ver, de su cuerpo, el de su entrenadora, y el de su propia vida: cuerpos sirena, híbridos masculinos-femeninos, híbridos etarios, cuerpos recortados y rearmados: bíceps, piernas, bocas, manos y metamorfosis. Hay que ver al otro de manera distinta, hasta que uno se hace distinto: “Era una evidencia que el reflejo no podía desmentir, me parecía a Malvina”. (70)

Al eje cinematográfico que atraviesa fuertemente el libro y es anunciado en su presentación (“Luz, cámara, acción”) me gustaría agregarle el consistente uso del proyector. Para poder armar una nueva identidad, necesito un nuevo imaginario, y para eso, necesito proyectar sobre el otro: proyectar la vida de mi ídola de los ochenta, proyectar la vida y el cuerpo de mi misteriosa entrenadora, proyectar mi vida en videocassette. Pero jamás como mero reflejo, las narradoras proyectan y dirigen (sin miedo de volver a rearmar esos relatos) porque esas imágenes y proyecciones sobre el otro, al yo se le vienen encima. Dentro de estos modos de proyectar, inevitablemente surge una nueva voz: “Era como si los acontecimientos trajinaran solos, como si el tiempo que los había inscripto los removiera de su pasado o como si de tanto exponerlos a mi manera hubieran revivido para que yo misma los escuchara: yo, testigo de mi historia, dictando para mí mi propia clase”. (47)

En estos relatos, la única madre es ese momento donde hay que parirse de nuevo y constituirse en lo que siempre te gestaste para ser. Atravesado por la constitución de identidad de género, por cuestiones que interceptan los modos de ver, por la representación de nuevas voces, nuevos cuerpos y nuevos espacios, Mi madre favorita tiene bíceps es una interesante y necesaria propuesta sobre aquello que todos nos preguntamos: ¿quiénes somos? ¿cómo nos construimos? o, ya que nunca es tarde, ¿cómo nos reconfiguramos?

Ivachow, Lilian Laura, Mi madre favorita tiene bíceps, Ediciones La Mariposa y La Iguana. Buenos Aires: 2016

https://edicioneslamariposaylaiguana.blogspot.com.ar/

 

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Eugenio Cuttica, “La connivencia de lo real” o “El Pintor de Dimensiones”

luna-y-el-campo-de-trigo-eugenio-cuttica-lq   Antes que nada, para no desilusionar al lector anuncio: no sé nada de arte y además estoy en desacuerdo con el saber. Así que el que sigue leyendo estas letras es por puro amor al ocio o al afecto. A pesar de esta posición quiero devolver al mundo unas palabras sobre la obra de este hombre impresionante (digo, porque ¡impresiona!) Eugenio Cuttica, efecto de las más pura emoción producto de su obra y sus palabras.

   Si tuviera que ponerle un apodo a Eugenio sería “el Pintor de Dimensiones” o “el Creador Dimensional” y prefiero esta palabra porque su obra parece interpelar nuestro sentido de lo real. Un campo de espigas detalladas, exactas pero generando un horizonte compacto, sin respiro, imposible. ¿La realidad multiplicada al infinito sigue construyendo lo real? Y en el medio del campo, como inadvirtiendo su propia des-ubicación una niña detallada, exacta, interperla al horizonte sobre una silla, detallada y exacta, des.situada en el medio de la nada, es decir, de ese horizonte, perfectamente real, perfectamente imposible.

   Como si esto fuera poco a la paleta de colores saturada del horizonte se le superpone la niña como una marca de agua, como si el pintor manejara el pincel escandalosamente con un programa de edición y bajara la transparencia de la figura a un nivel fantasmagórico. Esto existe, pero ¿hasta dónde existe? ¿Cuánto esfuerzo de la percepción requiere que esto exista? Y encima existe sobre esto otro que tampoco es un “lugar seguro” para lo real… Lo único que nos queda claro es que lo real es sólo una dimensión y además, es una dimensión entre otras.

   La nena  de pie en la estructura, la silla, que también aparece como paisaje de lo imposible y dirán “bueno una silla en el medio del campo no tiene nada de imposible”, pero, claro,  tampoco tiene nada de sentido y este sutil atentado contra el sentido nos vuelve a interpelar. Si nada de lo que aparece en el cuadro es posible, es real o tiene sentido, entonces ¿lo real, tiene sentido? Y si ese no fuera nuestro problema, si nuestro propio real no se sintiera escandalizado, entonces ¿desde dónde nos afecta esta obra? Porque es innegable que la obra de este artista nos llega al centro del plexo solar y nos planta allí una semilla de sensaciones sin respuestas, las niñas nos miran a los ojos, los horizontes perfectamente lineales capturan la mirada sin que podamos explicar cómo es que esto nos sucede, la paleta de colores juega con nuestro acostumbramiento fotográfico y nos muestra la más cruda humanidad que hay detrás del arte, donde lo único verdaderamente real es la mano del artista.

   Esa capacidad de afectación de la obra nos pone en aprietos con lo real, como diciéndonos, no olvidemos que lo real es sólo una dimensión y además, es múltiple, afirmándonos que lo real no existe  tal como se presenta, sino que es un efecto de capas que se superponen y conviven perfectamente independientes, pero también se afectan necesariamente una a otra.

   En “Luna y campo de trigo”, Luna una niña tan tierna como insolente,  mira al espectador fijo a los ojos, dándole la espalda a un campo imposible, saturado, repetido al infinito, diciéndole “esa otra dimensión que vemos no existe, no puede hacerlo y sin embargo allí está, entre vos y yo, y yo ¿existo?, ¿y vos?”

    En este (sentido) entiendo que la obra genera una amplitud de lo real hacia lo dimensional, hacia aquello que existe, que está ahí afectándonos y a la vez recordándonos que su existencia pura, independiente de las otras, es imposible. La última capa de lo real es el espectador y “las nenas insolentes” de Cuttica nos miran o nos dan la espalda, o nos ignoran,  con el desdén de quien conoce nuestra propia insignificancia. ¡Nos in-significan! sin piedad recordándonos que nuestra existencia, nuestro real es tal vez una marca de agua más que mira un horizonte siempre imposible, y que lo único  que podemos dar por seguro es  esa conexión espontánea, inexplicable, esa afectación que nos producen las otras dimensiones de lo real que conviven ( o conniven)  con nosotros.

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A plena vista: grafitis de Buenos Aires

I

Cuando era chica encontré un libro colorido, de título El ojo mágico, en la biblioteca de mi casa. Mientras yo miraba los colores brillantes y las formas psicodélicas de una página cualquiera, mi papá se acercó y dijo algo así como “es la estatua de la libertad”. Yo me reí, porque ahí no había nada que ver. La página era un hormigueo de manchas que podían parecerse a algo, quizás incluso (con un poco de imaginación) a la estatua de la libertad, pero la imagen en sí no era la estatua de la libertad. Era una abstracción. Entonces mi papá tomó el libro de mis manos, miró la página un segundo e insistió: “relajá la vista y vas a ver el dibujo, es la estatua de la libertad”.

Después de un rato largo de intentos fallidos la vi. Era cierto. Si ajustaba la mirada, concretamente si dejaba de enfocarme en las manchas y trataba de mirar un punto lejos del libro como queriendo atravesarlo, las manchas se empezaban a mover. Rebelándose ante la falta de atención del ojo ahora interesado en cualquier cosa menos en ellas, las manchas se superponían y separaban alternativamente hasta resultar en la estatua de la libertad.

II

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Es difícil amansar a un sentido acostumbrado a los límites, entrenado para calcular distancias, alturas y profundidades. Efectivamente, un sentido que determina el fin de un objeto y el comienzo de otro, un sentido que da forma a muchos aspectos de la realidad física que nos rodea, no renuncia a las estructuras que lo rigen. El ojo es un gran tirano.

III

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En cuanto empecé a ver el patrón hace algunos meses, la anécdota de El ojo mágico me vino a la mente. No sé cómo o por qué, pero mi mirada (tal vez aburrida o saturada de publicidades poco originales) de repente comenzó a querer trascender la obviedad de la geometría urbana, la pornográfica proliferación de sus marquesinas y megacarteles. Rebelándose como las manchas contra la indiferencia del ojo, la ciudad me devolvió su diseño oculto. Esta vez, sin embargo, fueron palabras. A veces “SAPS”, otras “B2” o “031”, otras “MA1P Gang”. En distintos estilos, algunas veces coloreadas, otras veces pintadas al pasar con aerosol negro, su insistencia en las paredes de casas, cortinas de negocios e incluso techos de edificios relativamente altos era innegable. Sobre avenida Rivadavia, desde Almagro hasta Flores. En avenida Córdoba, desde Palermo hasta Once. Como sucede cuando uno finalmente logra ver la imagen en El ojo mágico, comenzó a resultarme imposible no ver esas palabras repitiéndose una y otra vez en el entramado de Buenos Aires.

IV

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La gente pasa por al lado, arriba, abajo, derecha e izquierda de estas palabras grafiteadas diariamente pero no las registra. Las acepta como parte natural del paisaje.
Yo siempre tuve una debilidad por el secreto a lo Poe, por lo que se oculta a plena vista. La explicación prosaica de “es alguien con mucho tiempo libre” no me satisfacía, aunque fuera probable. Quise creer que eran más que palabras. Quise creer que eran mensajes. Si alguien estaba llamando, yo iba a atender.  

V

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Durante semanas me calcé las zapatillas, cargué la cámara, y pateé las calles porteñas buscando a SAPS, B2, 031 y MA1P por las paredes. ¿Me esperaría una Sociedad Argentina de Poetas Socialistas? ¿Una filial del South African Police Service? Me gasté las suelas yendo a sacar fotos por los cien barrios de la Santa María dos veces fundada. La omnipresencia de los caracteres se tornó tan visible que costaba creer que nadie supiera de dónde habían salido, ni qué significaban, ni por qué estaban ahí, ni quién los había escrito.

Y sin embargo, parecía que así era.

VI

Si no se ha dicho antes, lo diré yo: Google mató a Sherlock. Finalmente, el gigante resolvió el problema por mí. No había recurrido antes a él precisamente por eso, porque temía la solución brusca y concisa (o decepcionante) del pequeño enigma de los intersticios de Buenos Aires.

Un artículo de la revista BRANDO explica todo. SAPS viene de Sapiens, y se trata de una crew de grafiteros “vandals” que juegan con los límites del arte y la legalidad. Desafían, como El ojo mágico, a la mirada cansada del acostumbramiento. Irrumpen en el espacio con alguna frase (“Live fast, die last” es una que encontré en Flores) o simplemente inscribiendo su nombre. Después, desaparecen con la noche y la adrenalina a cuestas. B2 refiere a Bastardos, una ex crew de vandals que ahora se dedica al hip hop. 031 es otra crew, aparentemente vinculada con SAPS y B2 en cuanto sus diseños suelen aparecer juntos. MA1P continúa siendo una incógnita, incluso para Google. Lejos de inquietarme, me resulta reconfortante. Aunque es de suponer que sea un grupo de grafiteros similar a los otros, que Internet lo desconozca lo hace conservar algo de su clandestinidad original.

Hay, entonces, alguna esperanza para los Sherlocks posmodernos.

VII

Así que misterio resuelto. O casi, porque todavía quedan algunas cuestiones pendientes. Ante todo, claro, el asunto del vandalismo. ¿Arte o delito menor? Los dueños de casa o de negocio tendrán algo que decir al respecto. A la vez, si arte es provocar, transgredir y trascender, es posible entonces que SAPS, B2, 031 y MA1P estén haciendo arte, o cuando menos estén planteando una discusión sobre qué es el arte, como cuando el MALBA nos ofrece un lienzo negro “Sin título” o un muñeco de plástico intervenido con vello púbico.

Pero hay más. Estos grafitis introducen algo distinto en la taquicardia de la ciudad que palpita su presto sin esperar a nadie. A diferencia de los murales por encargo que cuentan con el aval de la ciudad, estos grafitis hechos al pasar abren, paradójicamente, un tempo nuevo. Se trata del ritmo largo de los muros que todavía pueden resistir la cadencia desenfrenada del 9 a 17. Un gesto desesperado por importar, por permanecer. Un manotazo de ahogado que busca salir a la superficie para respirar como se pueda y volver a hundirse.

Como reductos de comunidades que se niegan a ser fagocitadas por la metrópolis, más allá del bien y del mal, su noción tiene, hipotéticamente, algún valor simbólico si no estético. Comunican más de lo que dicen, pero sólo si se los mira con los ojos fijos en lo lejano, como si se quisiera atravesar la constricción de los edificios, los carteles, las persianas, las columnas y los techos de un vistazo. Sólo así salen a la luz los patrones que se repiten insistentemente por Buenos Aires. Sólo así se vuelve legible el mensaje.

Aquí estuvimos.

Nada más.

“It follows”: terror vintage del bueno

It-Follows (1)

It follows es una película que, con una estética similar a la de los slashers de los 80, es realmente de terror. Entiéndase por esto último no el display pornográfico de sangre y entraña y cuerpos sino las cosquillas en esa parte de la mente donde viven los instintos y los miedos primitivos que ni pueden describirse ni decirse con demasiadas palabras. Es el terror del it, del es, del ello.

Hay una clara asociación de sexualidad y muerte. Y cuándo no, pero he aquí la originalidad: el it sigue a quienes tienen sexo en el asiento trasero del auto, a quienes presumiblemente llevan una vida sexual descuidada, antihigiénica. Por las dudas, it hace algo así como post-profilaxis (si se quiere), y a esta idea de sanidad contribuye que it adopta la forma de hombres o mujeres generalmente vestidos de blanco (aunque no exclusivamente). ¿Son los ginecólogos, las enfermeras, los obstetras que aparecen en cuanto la virgen se abre de piernas? Tal vez no, pero podrían serlo, porque it nunca acaba de definir su forma. Lo único que permanece en su infinita mutabilidad es que te sigue y te mata. Lo demás es especulación. O sea, terror del bueno.

Maika Monroe and Jake Weary in It Follows

Entre sus víctimas, it elige a adolescentes con vestigios de niño en sus caras de luna, con cráteres de acné y dientes de leche. It los transforma y ellos ya no pueden ver las hamacas y los árboles de la plaza de la misma manera. Por su parte, no todos ven a it. Sólo quienes lo padecen o padecieron entienden el miedo, la ansiedad. También, la soledad, sobre todo en un mundo suburbano de padres ausentes (o casi). En ese contexto hay un lazo entre coetáneos que desafía la indiferencia adulta con gestos de sacrificio, amistad y compasión inesperados para la generación que vio Mean Girls  en el cine. It los reúne en una comunidad donde se entraman relaciones afectivas verdaderas en contraposición con la promiscuidad del hooking up casual en moteles con luces de neón a la que ya nos ha acostumbrado la hipersexualización mediática.

¿Es it un herpes aleccionador que viene a castigar a los que no tuvieron “la charla” con sus padres, como interpretan los comentaristas de la web? Es una lectura habilitada, pero tal vez sea preferible ver a It follows como una puesta en escena del angst de los kids que no están alright y se hallan a sí mismos lidiando con sus cuerpos cambiantes, como pequeños Jekylls y Hydes, a espaldas de padres que nunca están.

El Hacedor de Mundos

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Diego y Antonella parecen haber nacido en el aire. Sin embargo, esta pareja de trapecistas tiene los pies bien en la tierra. Llevan 5 años trabajando juntos, horas y horas de entrenamiento diarias y un trabajo en equipo constante desde hace cinco meses para poner en escena esta obra que combina lo mejor de la acrobacia profesional con el teatro para niños. “Somos un grupo de cultura autogestionada”, es el llamado con el que los intérpretes nos invitan a verlos. Este fin de semana el equipo de Arroba tuvo la suerte de poder acercarse para que ustedes también los conozcan.

El Hacedor de Mundos comenzó como un proyecto personal de Diego y Antonella y cobró vida gracias al apoyo de la directora Mariana Sanchez (acróbata y directora), Mariángeles Gagliano (bailarina, clown, coreógrafa y directora) y Nicolas Diab (músico y compositor). Este equipo no se conocía hasta que los presentó y unió la directora para el proyecto de Diego y Antonella. Así dieron también con el teatro “El Club de Trapecistas”.

Antonella y Diego bailarines del aire.

Por su parte el teatro tiene una fantástica historia de recuperación cultural que comienza con la emigración de los primeros trapecistas rusos para los festejos del centenario en 1910 y recorre la guerra en Rusia, el montaje del “Circo Estrella del Centario” hasta los años ‘40, la absorción del terreno por parte de una fábrica, su posterior abandono hacia los años ‘90 y la final recuperación del espacio y la historia por parte de los descendientes de estas primeras familias en el año 2004. Todo esto contenido aquí a metros del Parque del Centenario.  Historia que por su parte pueden ampliar en el site del Club ubicado en Ferrari 252, C.A.B.A:

http://clubdetrapecistas.com.ar/index.php/club-de-trapecistas/historia/

Frente a esta práctica circense que cada día está más incorporada en los barrios porteños como hobby o deporte, además de espectáculo, decidimos hacerles una breve entrevista a estos jóvenes artistas que ya emprendieron su primera obra auto-gestionada.

Antonella, Diego,  ¿Cuál es el desafío más grande al momento de poner en escena una obra de acrobacia?

Un gran desafío es que todo lo acrobático sea tan cómodo para nuestro cuerpo como para actuar, improvisar y soltarnos en los personajes y en la dinámica de la historia que vamos contando. Si bien la acrobacia juega permanentemente con el virtuosismo, para nosotros es un lenguaje artístico por el cual contamos una historia. Generamos situaciones y transmitimos sensaciones cuando logramos algún tipo de conexión con el público. Ése es nuestro gran desafío, como el de cualquier artista. Que de algún modo se produzca esa magia tan particular e íntima entre nosotros y el público. Otro desafío es disfrutar cada función como si fuese la única. Aunque tengamos un solo niño en el público, aunque estemos cansados, aunque no haya sido una gran semana, sabemos que tenemos que arraigarnos a los personajes, a la historia y al mundo que inventamos.

¿Cómo sentís que el público recibe el espectáculo?

La devolución del público es lo que más nos carga de energía. Cuando termina la obra nos acercamos a la puerta y escuchamos que los niños quieren volver. Que los adultos nos abracen y nos cuenten que salen emocionados es realmente muy gratificante. Creemos que al público le atrae el conjunto de varios componentes: los colores, la música, los movimientos en medio de una historia divertida y tierna hacen que el público se meta en un nuevo mundo deje de ver acrobacias aisladas. 

¿Cómo es el detrás de escena de la acrobacia?

El detrás de escena es…un gran trabajo. Por un lado está el entrenamiento que es clave para lograr que en escena todo sea natural y accesible. Tomamos talleres, entrenamos solos, hacemos algunas clases particulares. Muchas horas semanales. Por otro lado los ensayos. En un comienzo ensayábamos cuatro veces por semana… ahora ya no necesitamos ensayar tanto. Entrenamos sólo aquellas cosas que sean necesarias y miramos los videos de las funciones intentando corregir cada escena.

¿Cuál es la mayor dificultad a la hora de llevar a cabo una obra autogestionada?

Ahora nuestro trabajo es hacer la difusión ya que al ser un proyecto independiente es un área donde todo se pone más complicado. Si bien en escena estamos solo nosotros y Verónica haciendo la técnica, hay un gran equipo por detrás. Las directoras, el músico, la vestuarista, el escenógrafo, la diseñadora y por sobre todo nuestros amigos y nuestra familia que nos apoyan cada semana. Que nos dan fuerza, fe y ganas para creer en nuestro trabajo y nuestro esfuerzo.

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Después de tener  el gusto de conocer a sus protagonistas personalmente,  nos adentraremos un poco más en la obra. Lo primero que impacta al entrar es cómo la escenografía construye de por sí un mundo onírico, una naturaleza rehecha en su mayoría de papel, llena de colores. Junto a la iluminación, el sonido y el vestuario, que es de  llenan el teatro de magia, preparándonos el camino hacia la ensoñación,  hacia el mundo de la fábula, a través de una escalera que asciende al cielo.

Lejos de parecer simples trapecistas mostrando sus destrezas, los intérpretes de El Hacedor de Mundos ofrecen un espectáculo para todos los sentidos que nos transporta por una hora a un mundo mágico donde la gravedad pareciera no existir. La fluidez de los movimientos nos permite concentrarnos en la trama de la historia y sentir que de verdad asistimos a una historia que transcurre íntegramente en el aire, a más de cinco metros de altura.

En cuanto a la trama, tratando de no adelantar mucho, el personaje de Diego, el Hacedor de mundos, es un simpático ¿duende? que no se anima a volar hasta que una caprichosa y soñolienta Hada, Antonella, de la mano del amor y la amistad, lo ayuda a cumplirlo. Estos dos cuerpos aéreos ponen en escena la magia de la fábula gracias a su destreza (y a su esfuerzo diario) haciendo real el sueño de todo niño de poder volar.

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Dinamismo, coordinación, suavidad en los movimientos son una constante del buen nivel de los dos intérpretes. Por su parte escenografía y sonido se amoldan armónicamente a la obra y permiten que la trama suceda con fluidez.  ¿Una escena preferida? ¡Por supuesto! Las psicodélicas piernas que vuelan detrás del paraguas me parecieron de lo más gracioso y divertido, pero es por supuesto una elección personal entre tanta magia.  Y si aún no creen que es un espectáculo verdaderamente mágico, todos los domingos a las 19hs. en El Club de Trapecistas (Ferrari 252, CABA) podrán ver por ustedes mismos cómo estos dos seres del más allá logran capturar la atención de una flota de niños silenciosamente hipnotizados por una hora amuchándose en la primera fila para poder ver mejor y estar cerca de sus fantasías.

“Terremoto”: El arte de la catástrofe organizada

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Película con The Rock. Sueño del imperio con su propia destrucción. Simulacro de las ruinas del tío Sam y despliegue del caos disciplinado. La anarquía planificada respeta las normas de convivencia sagradas: quienes roban atentan contra la propiedad y mueren en el anonimato sin siquiera pasar por los músculos de The Rock. Mueren por obra de la naturaleza desbordada. Selección biológica del capitalismo devenido naturaleza furiosa.
La sociedad mantiene la calma. La gente se ayuda. Más aun: se detiene a ayudar aunque nunca lo haga en situaciones menos extraordinarias. La reacción impulsiva (la huida, la preservación del propio pellejo) es castigada con una muerte sin gloria. Hasta los saqueadores saben morir mejor. Y es que el saqueador actúa fuera de la ley, pero ella lo prevé. Actúa a sabiendas, y con método. El impulsivo, en cambio, se abandona al desorden. Él es la verdadera amenaza porque es imprevisible.
Verdadero sueño masturbatorio de Foucault contemplando la puesta en escena de todos los dispositivos de control internalizados operando 20/20. El ciudadano promedio es un gran militar preparado para todo.
¿Y después qué? Reconstruimos. Perfil dramático de The Rock ante las olas que han devorado a San Francisco. Las 50 estrellas titilan de fervor patriótico en primerísimo primer plano. Una ciudad desaparece pero nadie habla de muertos. Las tragedias sólo dejan sobrevivientes. Los rascacielos han caído pero no hay nada que reconstruir. La sociedad estadounidense ha pasado la prueba. En el fin del mundo todos prestan su pledge of allegiance para asegurarse de que el imperio sobreviva, porque your random citizen es un imperio aguardando la orden para inocular y alojarse en el nuevo huésped. Es tan imperio que se siente cómodo riéndose de su pasado como colonia. Los british no pueden superar la habilidad de The Rock y su familia. La colonia se burla del colonizador mostrando cuánto ha crecido desde 1776. Fuck your Queen, mate.
Nunca una catástrofe fue más glamorosa, nunca un gato cayó mejor parado. Estados Unidos no ha asistido a un acontecimiento artístico de esta magnitud desde el 9/11. Conmovedora estetización de la política. God bless America.

Circular siempre es un buen plan.

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El pasado sábado 11 de Abril se celebró la IV edición de BuenPlan, un evento organizado por Marcos Parodi en su estación de vida.

La idea consiste en celebrar muestras periódicas ofreciendo un espacio gratuito para que los artistas puedan dar a conocer sus obras, acompañado por todo el aparato de una copada salida de sábado a la noche: bebidas espirituosas, parrilla ‘gourmet’ (oremos por la “bondiola maldita”), bandas en vivo y mucha buena onda.

Una vez transcurrida la noche de la muestra, las obras siguen en exposición por 15 días más para aquellos interesados que quieran adquirir alguna.

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Lo mejor del evento fue la increíble convocatoria que tiene en distintas franjas etarias, aunque la gran protagonista sea la joven (mis padres sesentones se fueron temprano). Todo esto demuestra que hay un público disponible, interesado y que “la cosa se está moviendo”.

Honestamente, esta narradora pensó que tal cosa no existía, así que bien por ello. Celebramos el espacio, la calidad estética de las obras que fueron expuestas en esta IV Edición (probablemente a futuro entrevistemos a algunos artistas) y los invitamos a estar atentos a próximas muestras.

BuenPlan: https://www.facebook.com/muestrasbuenplan

Foto: Noelia Suarez para la IV Edición de BuenPlan

EL MAGNÍFICO CAOS DE PLANEARLO TODO.

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Los Protocolos naturales de Yamila Bêgné conforman once relatos cuyo principio constructivo (podríamos acercarnos a decir que entre tantas cosas), es el paso a paso de las acciones y los grandes objetivos. Siendo aquí la voz presente de esta reseña una autoproclamada neurótica obsesiva de las listas, los cronogramas, los calendarios y agendas, resultó alentador en la lectura saber que el protocolo contiene en su germen su autodestrucción: el plan es una insatisfacción -aquello deseado y no logrado. De allí se desprende lo que el título adelanta oximonóricamente: lo protocolar como construcción artificial del sujeto y la naturaleza como fuerza que ingresa a hacer lo que quiere: lo incontrolable en el intento de control. En este pequeño caos, protocolo y natural se requieren simultáneamente (casi como ocurre con el objeto libro: sus tapas deben ser mostradas simultáneamente).

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Los relatos, a su vez, presentan en diversos niveles la inquietante fórmula del título. En “La ocho con cuchillo” (cuento que abre imponentemente esta narrativa), el tono “national geographic” propone registrar una acción cotidiana entre un intento de pareja y “tiroteo”. El lenguaje, científico-empirista. El contenido, una batalla con estrategia de levante.

En “Vademécum de interacciones” se retrata el intento de teorizar lo inteorizable, específicamente, “agrupar gestos de acuerdo con criterios como el nivel de movimiento gestual, la duración, el sentimiento que parece expresar, el sentimiento que expresa, el estereotipo al que puede ser asociado” (26). Aquí radica el problema de la superposición sujeto/objeto: ¿qué pasa cuando tu objeto de análisis es un sujeto? Es allí donde en el protocolo ingresa la naturaleza y hace explotar un sistema. Es allí donde la literatura se integra y hace lo suyo.

Es muy difícil no caer en la tentación de hablar de cada cuento. Pero concluyamos en que con una narrativa muy pulida, muy sutil y trabajada, el estilo de Bêgné completa el título ingresando en la literatura contemporánea como una voz única en su especie.

Bêgné, Yamila. Protocolos naturales. Bernal: Metalúcida, 2014.

“Francotirador”. El arte de la guerra y sus justificaciones

Este artículo pretende hablar de cine y de política. Peor aún, insistirá en que la vinculación legítimante del primero con el segundo, abstrae al cine de su potencial artístico convirtiéndolo en un objeto que se aleja del arte, y se convierte en comunicación efectiva. Propaganda sistémica y abstracta. Solo eso.

Francotirador, la última película de Clint Eastwood es el ejemplo utilizado. Pongamos por caso esto: la historia de un texano, típico, de edad mediana que elige enlistarse en los SEALS para servir a su patria contra la amenaza islámica terrorista, que va a la guerra y se convierte en el francotirador más letal de la historia de su país, que declara que sus víctimas no eran personas, sino objetivos, y que finalmente es asesinado por un producto del mismo aparato de la guerra estadounidense. Un desecho de veterano que la mata sin razones aparentes.

Elegir este tópico, y convertir al texano duro en un tipo con sentimientos, narrar una historia de amor, patriotismo y valentía, es lo que hace Clint Eastwood apelando a todos los argumentos básicos, rutinarios y ordinarios del cine hollywoodense.

Sin contar mucho el argumento, que es básicamente la historia de un héroe con un final trágico, la película podría aventurarse como un film de drama que intenta explorar la relación patria-amor-familia-deber de un ciudadano modelo. Siendo precisos en la definición, Francotirador nos ayuda a entender lo inexplicable: por qué los estadounidenses sienten a la fábrica de la guerra como el sustento, el motor inmóvil de su ser nacional.

Lograrlo no es difícil: Hollywood tiene en su arsenal, armas más bien poderosas para crear de una montura de barro, un monumento inexpugnable. Así, a medida que avanza el film e indistintamente del aburrimiento o entretenimiento de uno como espectador, el juego eficaz de Clint Eastwood logra establecer en un par de escenas quienes son los buenos, los chicos abnegados que se alejan de la familia por un ideal de libertad y patria que solo puede significar Estados Unidos, y quienes son los malos, que quieren romper un status quo que de modificarse sería el fin de los tiempos, tal como los conocemos.

Antes de proseguir, quién escribe esta reseña no cree en los códigos binarios que establecen buenos y malos, blancos y negros, héroes y villanos.

Pero Francotirador sale a escena en un instante muy particular. La abrupta aparición de Estado Islámico, una fuerza terrorista (financiada por “error” por los Estados Unidos) que amenaza con decapitaciones, lapidaciones, y asesinatos por arrojamiento de edificios a todo aquel que considere enemigo de Alá y el Islam, es el contexto de un film con las características mencionadas.

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En este sentido, tampoco es despreciable a la hora de pensar esta película, hacerlo como una relación entre su contexto, su escenario político local inmediato y su entorno internacional. Para decirlo claramente, es un mensaje  de Estados Unidos al mundo: estos son nuestros héroes, así de letales, así de enfermos. Así de eficaces.

Por último, la frutilla del postre de este acto legítimante, y por ende un acto comunicativo sin valor artístico es la carta al congreso enviada por el presidente Barack Obama, en la que solicita permiso para atacar con toda fuerza a la organización terrorista Estado Islámico.

El autor de esta nota ha dejado de creer en las casualidades hace mucho tiempo, e infiere analizando todo el entorno a la aparición de esta película que además de ser una buena jugada de mercado, se convierte en un panfleto estadounidense para sustentar argumentalmente su guerra al otro, es decir a medio oriente.

Walter Benjamin no podría haberlo imaginado mejor. Francotirador es la película con más efectividad comunicativa del momento. Cualquier espectador distraído terminará por pensar que hay una fuerza que lucha por el bien y otra que se le opone como contrapartida violenta y denigrante.

Nada más alejado de la realidad. En este caso sí son dos los demonios. O tal vez uno solo, que creo al otro a su imagen y semejanza. Entre líneas, entre escenas, Francotirador justifica un modo de ver el mundo que enfrenta ángeles con demonios.  Nada podría deformar más al mundo real.